Un indio báltico.
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No sé muy bien cuántas veces habré citado en este último año alguna estrofa de “Ama, ama, ama y ensancha el alma” y a escasas diez horas del examen que debería colegiarme como abogado vuelvo a ella, para una vez más encontrar paz en mis últimas decisiones.
Este recuerdo surge a raíz de la primera evaluación de desempeño de las ocho que tengo que hacer antes de octubre. Por ello he comido mano a mano con mi jefe en uno de mis indios favoritos de Tallin. Hemos divagado sobre la cultura española y la estonia, e inevitablemente hemos acabado hablando de las mujeres de cada cultura, para con leves matices hablarle de Extremoduro y Calamaro.
Ahora estoy tumbado en mi cama, alumbrado por la brillante luz de las noches infinitas tallinesas. La brisa enfría mi habitación y apaga mi cabeza, que lleva algo más de dos horas pensando en Extremoduro en lugar del examen que debería aprobar mañana.
No puedo evitar repetir una y otra vez “de pequeño me impusieron las costumbres, me educaron para hombre adinerado, pero ahora prefiero ser un indio, que un importante abogado”. Tampoco puedo evitar pensar mis breves y asíncronas conversaciones de hoy con varios de los que rellenan recuerdos de este diario, y sobre todo en lo mucho que disfrutan leyendo mis aventuras estonias. Y con tanto repetir, me olvido del examen.
Tal vez lo anterior no sea más que un mantra autocomplaciente por si mañana suspendiera, o tal vez porque hoy he sentido una vez más que la decisión de dejar Madrid atrás es más propia de un indio que de un importante abogado.
Recuerdo #313 / Miércoles 22 de junio de 2022 (Tallin, Estonia)