El fin del verano.

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No sé cuántas veces habré oído a algún estonio advertirme de la llegada del invierno. Parece que vivo en un capítulo de Juego de Tronos, y con cada día que pasa, el miedo a la noche eterna crece a mi alrededor.

Ayer fue el último viernes de agosto, y algunos estonios debaten sobre si ya ha llegado el invierno o si por el contrario acabamos de entrar en otoño. En mis escasos tres meses en tierras bálticas me atrevo a decir que aquí hay dos estaciones, agradable primavera e invierno polar. Y con la llegada de septiembre se acaba la agradable temporada de flores.

Escribo estas líneas a las once de la mañana hora estonia, hace ocho horas que fui al aeropuerto de Tallin, y desde hace treinta minutos estoy en el avión que me lleva de Frankfurt a Madrid.

Con total sinceridad me atrevo a decir que estoy muy orgulloso de mí. Ayer decidí no beber, el riesgo perder el avión era demasiado alto, y aún llegando a casa sobrio y a las dos y media, casi me quedo dormido. Puede que tenga algo que ver la comida con aquella estonia americanizada del jueves, o tal vez una fiesta de un verano que se acaba.

Y es que ayer, último viernes de verano celebramos mucho. Tenemos una terraza que roza lo obscene y es hasta de mala educación no montar fiestas como las de ayer más a menudo.

Entre bailes y anécdotas acabé como de costumbre rodeado por varios estonios que relacionan mi condición de mediterráneo como una especie de enviado del Dios Baco. Y una vez más a la una de la mañana, el que escribe esto acabo aupado por unos bálticos que cada día tengo más adoctrinados en el mediterráneo moral.

Recuerdo #378 / Viernes 26 de agosto de 2022 (Tallin, Estonia)