Un vino a las once.

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Salir de currar y tomar algo, una de las cosas que más echo de menos de Madrid. Y no me entendáis mal. Pocas cosas cambiaría de mi vida en Tallin, pero dentro de los maravillosos detalles de la cultura báltica, tomar una cerveza a las once de la noche un lunes no es algo habitual.

Ayer terminé de currar, sí, a tres mil kilómetros de casa puedo compaginar mi jornada laboral. Un par de reuniones y decenas de mensajes después terminaba a eso de las cuatro mis quehaceres. Otro día hablaré de la libertad laboral como núcleo de felicidad, ahora toca hablar de la amistad.

Después de una visita exprés a mi fisio de confianza me cité con Leti, Juls y Mariana en El Enfriador. Más tarde se unirían Giorgio y Teresa, siendo esta última la responsable de no tener alojamiento en Oslo para ese viaje pendiente.

Como es habitual en estos felices años veinte hablamos del amor. Y cada conversación me lleva a pensar que tampoco somos tan distintos a los jóvenes del siglo XX. Tal vez el crack del veintinueve sea el del veintitrés, y quitando que tenemos móviles, somos una copia de la generación de nuestros abuelos.

Tanto Leti, Mariana y Julia tienen novio. Cada cual con sus matices y anécdotas, y yo, que me empeño en alargar mi soltería, me río cuando juegan a buscarme un romance aunque sea en la distancia.

Echaba de menos ese tomar un algo al salir del curro, y aunque me cueste admitirlo, también echaba de menos las gilipolleces superfluas de la vida madrileña.

Recuerdo #437 / Lunes 24 de octubre de 2022 (Madrid, España)