Desayuno y comida.

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Hay pocas cosas tan placenteras como el buen comer. Es de esos satisfactorios y provechosos vicios que pueden disfrutarse en soledad o en compañía. A esto podemos añadir otros matices, porque seamos sinceros hay muchas diferencias entre comer en una mesa o en torno a una.

Pero sin irme lejos del recuerdo que quiero tratar hoy, me gustaría añadir a la observación anterior que de nada sirve comer en torno a una mesa si uno no se pone a disposición de lo imprevisible y caótico. Como por ejemplo, un desayuno de dos horas y media con el primo de mi abuelo donde hemos recorrido las grandes partidas y estudios de ajedrez, como aquel de Saavedra sobre la posición de Barbier.

Algo más tarde y aún rumiando varias anécdotas de ajedrez, me he citado con un colega de toda la vida en mi adorado Mayflower. Entre tacos, baos y nachos le daba vueltas a cómo Javier, el primo de mi abuelo, sigue sabiendo jugar sobre el tablero posiciones de su juventud. Es cierto que Javier tiene unas cuarenta composiciones ajedrecísticas que conoce como compositor y jugador, pero acercándose a los noventa, la cabeza que tiene es digna de celebrar, casi tanto como su victoria a Nakamura.

De Mayflower solo puedo decir me alegra saber que funciona igual de bien que siempre. Las raciones son generosas, la terraza está llena, y se siguen acordando de ese loco que vive por y para sus tacos de costilla. Y es que Mayflower es el único restaurante que echo de menos en mi vida Báltica, y me gusta pensar que ellos también me echan de menos.

Recuerdo #509 / Martes 3 de enero de 2023 (Madrid, España)