Un reencuentro con Eme.
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Creo que la última vez que me tomé un café mano a mano con Mari-Liis fue antes de irme a Madrid en diciembre. Es cierto que cenamos varios en mi casa hace un par de semanas, pero entre una cosa y otra, nos hemos perdido muchos momentos de la vida del otro.
Tallin es una ciudad pequeña, pero lo suficientemente grande como para complicar los cafés semanales que teníamos Eme y yo cuando vivía en la calle Jakobi. Es cierto que de vivir a diez metros a vivir a cinco kilómetros hay una gran diferencia. Y que muy probablemente los dos volvamos a coincidir en cuanto cada uno encontremos tranquilidad en nuestras vidas.
En mi caso un cambio de trabajo, de casa y un nuevo ligue que parece hacerme más caso del que pensaba. En el suyo, la llegada de su novio a Tallin con el jaleo de nuevo trabajo y nueva casa que ello supone.
Es curioso, o al menos eso pensábamos los dos mientras tomábamos nuestro café, lo mucho que cambia la vida en dos meses. Allá por finales de noviembre salíamos de escalar. Ella sin novio y yo aún con trabajo. Y ahora, dos meses después, me atrevo a decir que cada uno podría llenar varios libros de historias y anécdotas.
Echaba de menos a Eme, y aunque siga siendo mucho más cabezota de lo que piensa, me divierte tomarme un café con ella. Especialmente si sirve para olvidarme de que hoy juega el Atleti.
Recuerdo #532 / Jueves 26 de enero de 2023 (Tallin, Estonia)