Café, vinilos y comida al sol.

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Hacía mucho que no llegaba a casa tan tarde después de ir a un bar. Las noches en Tallin suelen ser tempraneras, y rara vez se alargan como lo hacen en Madrid. En mi caso, madrugador y fiel creyente de las mañanas lentas, la noche estonia es una bendición, salvo en días como hoy.

La cena de ayer s alargó hasta las dos de la mañana. El convite tuvo lugar a eso de las siete, y casi ocho horas después salíamos de casa rumbo al bar de la esquina. Entre mesas adornadas con plantas y un ambiente tranquilo para ser un sábado noche acabamos cerrando el bar, y a las cinco logré dormirme después de recoger.

Después de dejar sonar la alarma varias veces y una ducha muy fría acabé peregrinando a Telleskivi, dónde Mer y yo volvimos a disfrutar de una de las mejores terrazas de la capital. Entre risas y cotilleos el reloj debió avanzar tres o cuatro horas, tiempo que se vio prolongado por una breve visita a una tienda de vinilos de la que acabé saliendo con un vinilo de Black Sabbath y otro de The Smiths.

Ya en casa, y con el aromático olor de las costillas que llevaban desde las doce a fuego lento en el horno, Mer y yo nos sentamos a comer en la mesa que doce horas antes fue testigo de una gran tertulia. Y acompañados del sonido de mis nuevos vinilos y los últimos rayos de sol del verano disfrutamos de una comida al sol que me recuerda que dormir hasta tarde es de necios.

Recuerdo #759 / Domingo 10 de septiembre de 2023 (Tallin, Estonia)