La primera nevada.

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Hay una grandísima diferencia entre un invierno nevado y uno lluvioso, más aún en una ciudad que llega a anochecer a las tres de la tarde. Tallin, ciudad que vive de vestirse con blancos mantos, me abrió las puertas el invierno pasado con grandes y gélidas tormentas que dificultaron mis paseos pero que me hicieron entender la importancia de la nieve.

La poca luz de los meses invernales rara vez se deja ver sin nubes, y cuando lo hace no suele ser más que un discreto coqueteo que apenas dura varios minutos. Sin embargo, cuando la ciudad está adornada de nieve la luz queda atrapada en cada rincón, y los días grises dejan paso a noches eternas adornadas por montículos de nieve que parecen estrellas.

Aprendí de mi primer invierno en Tallin que un buen invierno necesita varias ventiscas y hoy escribo este recuerdo habiendo vivido la primera del invierno. Con el termómetro marcando un grado, la lluvia se ha transformado en copos de nieve que descendían lentamente sobre los edificios de la capital. El viento que no ha dado tregua esta semana ha decidido calmarse y dejar a los copos tontear con la posibilidad de cuajar.

Ha nevado sin descanso desde primera hora de la mañana hasta las cuatro, y sin embargo en Tallin la nieve no ha podido adornar las calles, pero a finales de octubre un aviso de este calibre es señal inequívoca del gran invierno nevado que nos espera.

Recuerdo #798 / Jueves 19 de octubre de 2023 (Tallin, Estonia)