Una mudanza.
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Cuando llegué a Estonia me imaginé llenando estas páginas de aventuras disolutas propias de un español haciendo las Americas. Ya en aquel entonces intuí que Estonia era distinta a todo lo que había visto, y que las bellísimas mujeres de estas tierras estaban advertidas sobre los mediterráneos.
En mis primeros meses tonteé con varios romances que fueron más platónicos que disolutos. Si escribiera este recuerdo parafraseando a Escohotado, escribiría algo así como que los Don Juanes, grandes devotos de lo disoluto desconocen la prodigalidad de lo familiar.
En Madrid, ciudad que invita a lo secreto y callejero no conoce la vida familiar entre enamorados. Los Don Juanes hacen vida entre las sombras de la noche madrileña y la convivencia del día a día es un órdago que se deja para el matrimonio.
En Estonia, país donde las mujeres enderezan hasta al más pícaro seductor, lo disoluto pierde su esencia. Se deja de lado la oscuridad de la noche y se comienza a vivir entre paredes y donde antes había vicios ahora hay devoción familiar.
Mi historia en estas tierras, que comenzó como una posible oda a los romances de juventud se encontró con una isleña que con su inocencia me conquistó. Y hoy, un año después escribo un recuerdo tratando de explicar en pocos párrafos que tras la mudanza de la isleña, hoy comienzo un nuevo noviazgo bajo el mismo techo.
Recuerdo #800 / Sábado 21 de octubre de 2023 (Tallin, Estonia)