Un olivo al que se lo lleva el aire.

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Mer se ha ido a cenar con una amiga, motivo por el que me permito el lujo de sentarme en el suelo con un mate recién preparado, cascos y el móvil apagado. Hoy es uno de esos días en los que sueño con hacer las maletas y empezar mi particular sesenta semanas en el trópico. Quiero evadirme de la vida adulta, y no lo digo por desidia frente a mi vida, a la que tengo en altísima estima, si no porque la creatividad aflora cuando el ruido cesa, y la vida adulta es ruidosa, caótica y requiere tiempo.

Siento en mi cuerpo los escalofríos propios de aquellas noches pandémicas en las que logré escribir cientos de poemas y otros tantos textos. La cabeza no da tregua y el tecleo es incapaz de igualar los pensamientos inconexos de una cabeza que vive más en inglés que en español. Supongo que gran parte de mi géiser creativo se debe a la banda sonora que acompaña mi velada. Hoy ha vuelto Robe, y entre lágrimas os digo que me ha vuelto a conquistar.

El extremeño ha presentado diez canciones para toda una vida, diez melodías aún mejores que aquellas de hace dos años. El romántico canalla que me presentó mi amiga Casilda ha vuelto a hacerme llorar y espero que este recuerdo me ayude a saber si es fruto de tristeza o alegría.

Pocas cosas podría escribir que logren acercarse a lo que me produce escuchar un álbum tan vocal como instrumental. Cuerda, percusión y cantos que se entrelazan como las ramas de un olivo centenario. En la copa de ese olivo que preside las rojizas colinas, comienzan a asomar pequeñas esmeraldas en forma de olivas que reflejan todo lo que el oyente quiera. Y es tan sólo ante la falta del ruido adulto cuando uno puede ver escuchar los susurros de un olivo al que se lo lleva el aire.

Recuerdo #856 / Sábado 16 de diciembre de 2023 (Tallin, Estonia)