Aterrizó Mer.

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A orillas de la T2 espero a una isleña que por primera vez viene a conocer la ciudad que me vio crecer. Una estonia de tez pálida y ojos azules debe andar por la terminal en busca del español que la ha logrado engañar. Y me alegra, hoy más que nunca, ser el de las rayas canallas.

La pantalla del coche dice que Calamaro suena al máximo volumen, aunque yo recuerdo el coche vibrar al ritmo de sus carnavales brasileños. Supongo que el coche de mis padres ya no es lo que era, o puede que me haya quedado sordo de todas mis llamadas con una isleña a la que echaba de menos.

Hoy he alternado cafés y aperitivos con grandes amistades. Carlota, Elena, Alfonso y Martín han plagado mi día de anécdotas, cotilleos y otros desvaríos. Todos están muy bien, les echaba de menos. Ellos dicen que me ven muy bien, y como les he dicho a cada uno de ellos en diferentes ocasiones, yo sigo igual que siempre, sólo que ahora tengo alguien de quién presumir.

Mer debe salir por la puerta de la T2 en pocos minutos. Traigo conmigo una Fanta de limón, unos alfajores de Martín que ha traído de Uruguay, el bolso pintado por Elena y todos mis recuerdos envueltos en cariño y mimo. Hace varias semanas que no veo a Mer, y acostumbrado a la felicidad del día a día, puedo decir que no quiero volver a estar separado de ella.

Recuerdo #874 / Miércoles 3 de enero de 2024 (Madrid, España)