Curro y otros vicios.
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Puede que algún día me arrepienta de estas líneas. No sería la primera vez que releo algo del pasado y me río del idiota que escribió el recuerdo. Escribir es en cierta medida fijar en el tiempo una versión de uno mismo que muy probablemente no se corresponda con la del futuro. Insisto en este concepto, porque considero que madurar incluye reírse de las ideas y convicciones de juventud.
Hoy he vuelto a la oficina después de varias semanas en España. Hoy he vuelto a mi mesa de la planta cuatro de Suur-Patarei, y no puedo más que decir lo mucho que echaba de menos trabajar. Tengo suerte, mi trabajo es muy entretenido y requiere cierto esfuerzo intelectual que por mucho que me haga llegar al sábado agotado, merece cada segundo al que dedico mi tiempo.
El trabajo, o al menos el mío, es una forma maravillosa de vivir la vida. Horarios cómodos y flexibles alternados con picos de trabajo que producen una satisfacción impropia del asalariado. Trabajar se ha convertido para muchos en una obligación, y yo elijo cada día ir a la oficina. Es cierto que si dejara el trabajo mañana no podría pagar el alquiler, pero por suerte mi LinkedIn está lleno de mensajes invitándome a otros puestos. Razón por la que puedo afirmar con total tranquilidad que elijo ir a la oficina cada día y lo hago con la misma ilusión que la del primer día.
Hoy he vuelto al búnker legal de mi querido Suur-Patarei. Un espacio en el que más de una decena de abogados compartimos la mayor parte de nuestra semana y en el que por mucho que cueste creerlo soy muy feliz. Mis compañeros de trabajo, acostumbrados al humor español de un inmigrante en Estonia me han recibido con mi cafetera dentro de un molde de gelatina. Y aunque ellos no sean Jim ni yo Dwight, puedo decir con total seguridad que hoy me han recibido de una forma que jamás olvidaré.
Recuerdo #880 / Martes 9 de enero de 2024 (Tallinn, Estonia)