Una hora de diferencia.
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He escrito mucho sobre mi amor rojiblanco en la distancia. Trato de hacer memoria para evitar repetir en exceso lo que ya he dicho, y sin embargo, por más que trato de recordar soy incapaz de acertar en mi razonamiento sobre la hora de diferencia de allá donde juegue el Atleti y donde yo me encuentro.
El Atleti, que juega en la mayoría de los casos con el horario peninsular, suele coincidir con la salida del trabajo de los que peregrinan a la grada del Metropolitano. Hay cierta idiosincrasia en ese salir apurado para poder tomar una cerveza delante del estadio. Ese vivir por y para el partido es algo que en la distancia se echa de menos.
He de decir que de vez en cuando releo mis recuerdos de aquel invierno del veintidós. Un falso amor con un trabajo llamado a lo excesivo sin recompensa y que ahora en la distancia reconozco haber disfrutado más de lo que parece. En aquel enamoramiento con las torres madrileñas y las noches de café y contratos sufrí el estrés por no poder llegar al Atleti. Y ahora en la distancia echo de menos apurar para llegar al partido por los pelos.
Hoy, con una hora de diferencia, he terminado viendo al Atleti medio dormido en la cama. La conciliación laboral me permite el lujo de acabar mi día con suficiente tiempo como para que el Atleti sea la guinda de una gran tarde. Por el contrario, en Madrid, ciudad de mil vidas, el Atleti era siempre el primer plato.
Recuerdo #909 / Miércoles 7 de febrero de 2024 (Tallin, Estonia)