Nieve inesperada.

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Si hace varios días hablaba de la llegada del sol y la primavera, hoy me toca recoger cable y volver a cerrar las ventanas. La nieve vuelve a Tallin, y aunque parezca un breve azote invernal, la realidad es que las calles están nevadas.

No esperaba volver a sacar las botas de Meermin que mi padre me regaló y que tantos kilómetros llevan encima. Si no recuerdo mal han tenido que ser engrasadas cinco veces este invierno, y donde había suela de goma apenas queda rastro del agarre que una vez tuvieron.

No quiero que se me malinterprete, la nieve me gusta, y considero que no hay mejor invierno que uno de ventiscas y poca luz. Pero después de tantos meses sin poder volver a casa en manga corta echo de menos la brisa marina que perfuma Tallin las tardes de primavera.

Supongo que la nieve inesperada es en sí misma una bendición. Ayuda a valorar los días soleados y las horas al sol sin nada que hacer. La primavera, que tan por sentada se da en Madrid, es muchas veces un lujo en Tallin, y hoy es buen recordatorio de ello.

Recuerdo #965 / Miércoles 3 de abril de 2024 (Tallin, Estonia)