Esperando a Paco.

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Paco sigue en Finlandia, corriendo por el campo y persiguiendo caballos. En su más de un mes al otro lado del Báltico parece que ha terminado de aprender lo poco que se le puede enseñar a un tozudo dachshund. En los casi nueve meses desde que llegó a casa, hemos vivido como su orgullo e instinto desaparecen con mimos y juegos. Un perro llamado a la caza y el rastro cuya mayor diversión es empujar sus juguetes a lugares donde no llega para así hacerme ir a por ellos.

En este mes sin él no ha habido ni un sólo día en el que no lo haya echado de menos. Es sorprendente lo mucho que se puede querer a un ser tan pequeño, pero del mismo modo, impresiona ver a un tozudo can de cinco kilos buscar tus abrazos y besos.

Desde que tengo uso de razón siempre fui un amante de los perros. Uno de los primeros libros que cogí prestado a mis padres cuando me mudé a Estonia, es una enciclopedia canina de mediados del siglo pasado. Recuerdo pasar horas estudiando las distintas razas, y ya por aquel entonces supe que el día de mañana tendría un perro de aguas español, un teckel o un perdiguero de burgos. Razas que se verían complementadas por mi descubrimiento de la pareja de ca de bestiar y ratonero.

Durante mi infancia, disfruté de Bart, un caniche terrier pero con el temperamento de un cocker spaniel de avanzada edad. Por motivos que no vienen a cuento, mis padres consideraron que Bart necesitaba un nuevo hogar, hecho que me mantuvo obsesionado con volver a tener un fiel compañero hasta enero del veinticuatro.

Pues bien, todos estos años de obsesión con los perros, y relativo trauma con la pérdida de Bart, me han llevado a tener que sentarme delante del ordenador y tratar de explicar de una forma un poco tosca, que no soy capaz de entender mi vida a día de hoy sin la compañía de Paco, y mañana cuando lo vuelva a ver, sé, que volveré a sentir aquella satisfacción que cuando vino por primera vez a casa.

Recuerdo #1109 / Miércoles 28 de agosto de 2024 (Tallin, Estonia)