Una semana más.

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Muy de vez en cuando me gusta sentarme a contemplar el atardecer desde mi cocina. Las vistas de la calle Soo me permiten ver al sol esconderse tímidamente entre las antiguas casuchas de pescadores hoy convertidas en hogares de inmigrantes como yo con sueldos altos.

Desde la incómoda pero práctica mesa de mi cocina he escrito muchos de los recuerdos de este tercer volumen de mi vida, y sin embargo, sigo creyendo que no es lugar para escribir. La silla es incómoda y demasiado alta para mí, pero para ser mi segundo hogar desde que deje el nido madrileño no me puedo quejar, ya tendré algún despacho y cómodos sillones de lectura y escritura.

Hoy me he sentado a contemplar la tarde hacerse noche, y lo he hecho tal vez a modo de reflexión y a su vez de desahogo. Ha sido una semana más intensa de lo habitual. El trabajo de nueve a cinco consume más que el de las doce horas madrileñas, y lo hace por una simple razón, no puedes permitirte perder el tiempo ni un descanso para el café.

Tengo suerte porque disfruto de mi trabajo, y después de nueve meses en mi actual curro puedo decir que el trabajo que se disfruta es doblemente gratificante, porque en un jueves de finales de septiembre no puedo parar de pensar en lo que tengo por delante hasta final de año.

Recuerdo #777 / Jueves 28 de septiembre de 2023 (Tallin, Estonia)