Correr sin nada.
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Podría decirse que llevo una quinta parte de mi vida corriendo más de lo que parece. Desde que cumplí veinte años he corrido miles de kilómetros, de todas las formas y maneras, salvo una.
El hombre corriente, gente como tú y como yo, no necesita mucho para llevar una vida sana. Un sueño estable y constante, una alimentación sin excesos, preferiblemente algún ayuno extenso y algo de entrenamiento de fuerza y cardio. La clave de la buena salud es más simple de lo que nos hacen creer, y hasta yo he sido engañado.
Relojes inteligentes, móviles de mil pavos, cascos de música, zapatillas, y por supuesto algo de ropa técnica. El corredor medio lleva encima casi dos mil euros de accesorios, y todo para que Strava le recuerde que lleva quince kilómetros en el último mes.
Correr se ha convertido en un segundo trabajo que se mide en el tanto enseñas tanto haces. Terminar de correr sin guardar la actividad es una desgracia, y si no se sube a Strava parece que no existe. Pero de todo se sale.
He pasado mucho tiempo obsesionado con métricas y aplicaciones de salud. Cientos de campos de datos que no sirven para nada más que para dejar de escuchar al cuerpo.
Hoy he salido a correr sin música y sin aplicaciones. Y después de unos seis kilómetros a menos ocho grados, siento que el entrenamiento es doble. Hoy he entrenado escuchando a mi cuerpo, y espero que me sirva para esa maratón del año que viene
Recuerdo #850 / Domingo 10 de diciembre de 2023 (Tallin, Estonia)