Sin salir de casa.
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Desde que hice las maletas en aquella tarde de mayo tuve muy claro que mi satisfacción personal iría muy ligada a mi comodidad en el hogar. Gracias a mis padres entendí aún siendo muy pequeño, que un hogar acogedor es causa y consecuencia de la felicidad del día a día. Es por ello que ahora, a escasas semanas de marcar un año en mi actual casa y año y más de año y medio en Tallin, escribo sobre la felicidad de pasar un día sin salir de casa.
Mi vida hogareña es para muchos un confinamiento auto impuesto. Algún amigo mío considera que he perdido la cabeza, y que la razón por la que sobrevivo es porque una guapísima isleña comparte techo conmigo. Sin querer quitarles algo de razón, lo que no terminan de entender es que no hay lugar en el que esté más a gusto que los cincuenta metros cuadrados de mi rincón de Soo.
De vez en cuando me gusta reivindicar la tranquilidad del no hacer nada. Me gusta recordar que la vida es mucho más que el hacer por hacer y que pararse a disfrutar del no hacer es cuanto menso un privilegio, y hoy ha sido uno de esos días.
Poco más puedo escribir más que mis firme deseo de que este recuerdo sirva de reivindicación de lo simple y alejado de la esa vida excepcional y socialmente requerida en eso de las redes sociales.
Recuerdo #849 / Sábado 9 de diciembre de 2023 (Tallin, Estonia)