Gris al atardecer.

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Tallin juega con la luz de una forma a la que jamás me acostumbraré. Crecí con la constancia madrileña y los colores baleares. Me acostumbré desde niño a días constantes que apenas sorprendían con alguna lluvia, y vivir en Tallin los vaivenes del Báltico es una experiencia tan bonita como agotadora.

De octubre a abril Tallin vive decorada por una neblina muy similar a la que se ve en las mañanas invernales de Mallorca. Una baja y húmeda capa que sólo seca cuando la nieve decora las calles, o en otras palabras, sin nieve Tallin sería Londres.

Cuando comienza la primavera, la nieve deja paso a la hierba en el asfalto, la niebla vuelve y se alterna con amaneceres y atardeceres eternos, y que como decía antes, van y vienen sin avisar.

Hoy el sol ha salido a bailar a las seis de la mañana y no ha sido hasta que he llegado a la oficina cuando el radiante destello ha dejado paso al gris y húmedo estar de una ciudad cuyo comportamiento sigue sorprendiéndome.

Recuerdo #946 / Viernes 15 de marzo de 2024 (Tallin, Estonia)