Paseo gris.
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Después de una semana donde Tallin ha amagado con la intensa primavera que tanto disfruté el año pasado, no me queda otra que sucumbir al grisáceo despertar que esta ciudad guarda para mí.
Tallin, que cuando quiere es una de las ciudades más bonitas que he conocido, sigue siendo una de las ciudades más septentrionales de Europa, razón por la que muy a mi pesar, no se le puede pedir días soleados sin nada a cambio.
Vivir en esta latitud tiene ventajas e inconvenientes. Vivir alejado del caos social y político español ayuda a aguantar los días grises. Pequeños detalles como poder pagar una casa o no tener sufrir interminables horarios, son otras de las ventajas de la vida en el Báltico. La calidad de vida es buena, suficiente como para no echar de menos los quince grados madrileños de los sábados de marzo.
Sé que en mis recuerdos hay mucha justificación para aguantar en un país de clima adverso la mitad del año. Pero a mis veinticinco, el sacrificio de la luz mallorquina o las terrazas madrileñas no es para tanto si uno entiende que la independencia en la distancia es un privilegio que llevo dos años cultivando.
Recuerdo #947 / Sábado 16 de marzo de 2024 (Tallin, Estonia)