Paseo y atardecer.

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Vivir cerca del mar tiene ciertas ventajas que van más allá de las vistas. La brisa y limpieza del aire son pequeños regalos de un mar que sin ser el Mediterráneo tiene una luz especial. El agua calma temperamentos y agudiza las pasiones, y si no me creen, relean mis recuerdos en la meseta madrileña.

Tallin, ciudad cuya costa poco tiene que envidiar a las grandes metrópolis nórdicas, tradicionalmente ha despreciado la orilla del Báltico. Los inviernos son duros, y los vientos gélidos. Vivir en la orilla es un privilegio que ha traído el capitalismo. Incluso durante los años de ocupación soviética de despilfarro de dinero estatal pocos se atrevieron a construir en la costa. Salvo por la cárcel de Suur-Patarei, que servía de condena y cementerio de muchos inocentes.

Es precisamente cerca de la cárcel donde paseo hoy con la isleña y con Paco. Uno de los tramos costeros más bonitos de la ciudad y que sin embargo comienza a construirse ahora. Incluso el barrio de pescadores de Kalamaja se construyó a unos quinientos metros resguardado del mar y protegido por una de las pocas colinas de la ciudad.

Pasear cerca del mar en una ciudad que nunca fue y que comienza a ser, es uno de los mayores placeres que he conocido. Tallin es de las pocas ciudades costeras que ha sufrido varios siglos de ocupación. Una ciudad a la que nunca se dejó florecer en libertad, y ahora, de la mano del desarrollo económico, los resquicios soviéticos dejan paso a modernos edificios que son, al menos para mí, un símbolo de prosperidad y de progreso.

Recuerdo #959 / Jueves 28 de marzo de 2024 (Tallin, Estonia)