Pato, patatas y vino.

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Cuando volví a Madrid en diciembre acordé con mi amigo Gonzalo el regalarnos una cesta de ingredientes para cocinar. Ambos disfrutamos del buen comer casero, y aún teniendo gustos sencillos, apreciamos la buena materia prima.

Desde Tallin mandé preparar una cesta de sabores fuertes y cervezas locales. Un conjunto de alimentos impropio de un supermercado español. Por su parte, él logró hacerse con un pato confitado de dos kilos y medio, una lata de pimientos de piquillo, y otros tantos ingredientes que ahora no vienen a cuento.

Aquella conserva de pato confitado lleva en mi nevera desde que volví a Tallin el nueve de enero. Cinco muslos de pato perfectamente conservados que debían ser aprovechados. Y no hay mejor forma de hacerlo que mediante una comida con amigos.

Un bangladesí, una finlandesa, una estonia-rusa, una estonia de Saaremaa y un español han pasado la tarde del viernes con la tripa llena y discutiendo sobre inmigración, economía y lo más divertido, los cotilleos de nuestros respectivos ambiente sociales.

Y en la distancia sé que Gonzalo se alegra de saber que su pato de origen vascuence ha logrado servir de nexo entre cinco nacionalidades que han ido a parar a una ciudad que cada día sorprende más.

Recuerdo #960 / Viernes 29 de marzo de 2024 (Tallin, Estonia)