Vuelta a casa.

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Escala de por medio llegamos a casa con tres maletas, muchos recuerdos y algo de sueño. Viajar a Tallin se ha convertido en un desagradable trayecto que culmina con una entrada triunfal por la puerta de casa, y aunque no lo parezca, hay algo especial en tardar al llegar a casa.

Hoy ha sonado la alarma a las seis de la mañana, a las siete y pico ya estábamos en el aeropuerto y doce horas más tarde en casa. Tallin es una ciudad de ensueño con un gran problema con solución, horribles conexiones aéreas.

A menudo comento con Mer, que de vivir en cualquier otra capital europea, pasaríamos algún que otro fin de semana en Madrid, pero la falta de vuelos directos nos mantiene dentro de una maravillosa y tranquila rutina báltica. Puede que si viviéramos en otra capital acabásemos sufriendo el síndrome de las dos ciudades, una aflicción de cuerpo y alma que se materializa por medio del joven que en su empeño de no perderse nada acaba viviendo dos vidas incompletas en su ciudad natal y en su lugar de residencia.ç

Es probable que si me hubiera mudado a París en lugar de Tallin, hubiera hecho las maletas al año. La distancia es maravillosa para el desarrollo personal y vital, pero para ello uno ha de querer construir una nueva vida en el lugar al que se emigra, y la imposibilidad de coger un vuelo directo obliga a esforzarse en vivir más allá de la capital española.

Hoy volvemos a casa después de veinte días en mi querida Mallorca, y como le decía a mis padres, pocas satisfacciones mayores que el volver al lugar en el que uno ha comenzado a vivir la primera gran etapa de su vida independiente.

Recuerdo #1103 / Jueves 22 de agosto de 2024 (Tallin, Estonia)