Veinte días.

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Desde el año noventa y ocho he peregrinado (y me han peregrinado) a la isla más especial que conozco. De estos veintiséis años guardo varios veranos con especial cariño, desde la primera vez que salté desde el acantilado de la Cueva Verde hasta mi primer paseo por Cabo Blanco, sin olvidar mi primer atardecer en Cura. En cierta medida me arrepiento de no haber guardado con mayor diligencia aquel primer volumen de escritos que se perdió, y aunque ahora no venga a cuento, no puedo evitar pensar en tres textos que debí escribir con algo menos de catorce años.

Durante todos mis veranos he aprendido a respetar y cuidar los recovecos de una isla que es maltratada por el local e invadida por el extranjero. Sobra decir que no todos los locales son iguales y mucho menos los extranjeros, quienes están llevando a cabo una impresionante labor de restauración del campo mallorquín. Sin embargo, no pasa nada por admitir que la isla sufre cada verano, y es un problema más complejo de lo que políticos y asociaciones nos hacen ver.

Si no recuerdo mal, mis abuelos comenzaron a venir a la isla a mediados del siglo pasado. De aquella Mallorca de dunas y pinares que mi madre recuerda poco queda. El ladrillazo de principios de nuestro siglo, unido a la corrupción de los caciques convertidos en concejales, lograron hacer de la isla un paraíso para el extranjero y para los avispados locales que pudieron vender unos terrenos que jamás debieron ser urbanizables.

Todo lo anterior sería menos preocupante si existiera en la población local cierto apego por su isla más allá de las repetitivas cantinelas que achacan al turista todo mal isleño. El mallorquín sufre el mismo síndrome que el madrileño, ni los primeros conocen su isla ni los segundos su ciudad. Supongo que ser local es en cierta medida infravalorar lo que se ve a diario, pero me atrevo a decir que el desapego isleño radica en la sufrida historia de una isla saqueada por todos cuantos llegaban a la costa.

En estos veinte días de mi vigésimo sexto verano mallorquín he hecho las paces con la isla que nunca conoceré. Jamás veré las dunas y pinares de Sometimes, mucho menos una Valldemossa con comercio local, y aunque duela asumirlo, el poco acto de resistencia que queda es seguir volviendo cada verano para apoyar aquellos los lugares como Cura o Cap Rocat que buscan proteger lo que el mallorquín apenas valora.

Recuerdo #1102 / Miércoles 21 de agosto de 2024 (Mallorca, España)