El placer de llenar maletas.

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Gracias a la generosidad de mi padre, siempre he heredado ropa de su armario. Camisas, jerséis y polos que en la mayoría de los casos resultarían imposibles de diferenciar de una prenda recién salida de la tienda. Mi padre tuvo la suerte de ser de esa generación cuya ropa se confeccionaba para que durase, y ejemplo de ello es ver como mis compras se deshacen antes de los dos años y las de mi padre siguen brillando décadas después.

Como consecuencia de lo anterior siempre he podido viajar a Mallorca sin apenas ropa. Con el paso de los años aprendí a viajar ligero, con poca ropa y pocos artilugios. Viajar sin maletas pronto se convirtió en uno de los mayores placeres de mi mundo, y en cierta medida, un lujo del que vuelve a casa.

Sin embargo, desde que vivo en en el extranjero he visto como mi placer se desvanece y deja paso a un facturar perezoso, apenas me queda ropa en Madrid, y en Mallorca poco más que unos zapatos, varios trajes de baño y algún polo. Mi falta de indumentaria en la isla a la que he venido a pasar mis vacaciones me ha obligado a traer varios enseres, los suficientes como para poder ponerme a la altura del buen vestir de mi isleña.

Después de varias semanas en la isla, tratando de combinar mis coloridas camisas con los modelos de Mer y con suficientes regalos para llenar una habitación, nos toca hacer las maletas. En un primer inicio asumimos que nos sobraría espacio, sin embargo mis padres, en un nuevo espectáculo de generosidad nos mandan de vuelta a Tallin con varios pares de zapatos, alguna que otra camisa, varios pantalones y detalles mallorquines.

Volvemos a Tallin con tres maletas hasta arriba, y me atrevo a decir que volver a casa con las maletas llenas puede llegar a ser tan placer como viajar sin nada, porque en este caso, volvemos con un pedazo del armario que vi a mis padres vestir en mis más de veinticinco veranos en la isla.

Recuerdo #1101 / Martes 20 de agosto de 2024 (Mallorca, España)