En las piedras mallorquinas.
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Hace tres años cené en el mismo lugar al que hoy he acudido, un amurallado reducto de la Mallorca anterior a los turistas británicos e inglesas, un pedazo de historia de una época donde la costa se despreciaba y la vida se hacía en el interior.
La bahía de Palma, en su inmensidad, ha dejado atrás las grandes extensiones de pinares y dunas. La construcción desenfrenada ha destrozado cualquier atisbo de una isla modesta y preocupada por posibles invasiones. La llegada del turismo de masas logró revalorizar todo terreno costero, y los benjamines de cada familia sufrieron a los primogénitos de su casas mirarlos con envidia desde las fincas del interior.
En la extensa costa mallorquina uno puede toparse con resquicios de aquella mentalidad isleña tan bien descrita en "Queridos Mallorquines", construir en la costa era abrir la puerta a los corsarios y maleantes. Los mallorquines de antaño, protegidos en diversos puntos por cordillera y acantilados, necesitaron erigir ciertos puntos de vigilancia, entre ellos la fortaleza decimonónica donde hoy hemos cenado.
Hoy, desde el cabo de Enderrocat, rodeados de preciosas piedras de marés talladas, he vuelto a sentirme aquel niño que soñaba con las historias de piratas, corsarios y estraperlistas, y es que Cap Rocat, además de ser un grandísimo restaurante, es la materialización de todo lo que le pido a la arquitectura, respeto por la historia y cohesión con lo que rodea a la edificación.
Recuerdo #1100 / Lunes 19 de agosto de 2024 (Mallorca, España)