Reflexiones analógicas.
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A lo largo de mi vida he recopilado decenas de miles de fotografías, muchas de ellas, perdidas por el camino, guardan un lugar especial en mi memoria. Me arrepiento no haber sido más diligente con aquel disco duro que en enero del diecisiete se quemó o con aquella tarjeta de memoria que perdí en un tren de Praga a Budapest.
En estos últimos años he sido excesivamente cuidadoso con con mis archivos digitales. Tengo copias en disco duro, memoria ssd y en una nube local. Pero ahora que me hallo en pleno cambio de ecosistema digital, comienzo a entender que lo que guardaba con tanto cariño no es más que un desorden digital.
Ayer conseguí trasladar lo último que me quedaba en el iPhone, y por fin puede dejar de ir a todos lados con dos móviles. Me alejo de un ecosistema contrario a la privacidad individual y abrazo uno nuevo que requiere estudio y mucha paciencia. Pero con esta mudanza digital me he dado cuenta de lo mucho que comienzo a detestar mi exceso de documentos gráficos.
Sin tener en cuenta varias carpetas sin clasificar en uno de mis discos duros, tengo algo menos de cincuenta mil fotos desde el año dos mil dieciocho, y apenas me acuerdo de ellas. Desde que trasladé todo mi archivo a un disco duro apenas lo visito. Es cierto que me he propuesto ordenar todas ellas, empezando por mis más de tres mil fotos analógicas de estos últimos años, y aunque sea una labor faraónica, creo que debo limpiar y conservar aquellas fotos por las que que un día mis hijos me preguntarán.
Por el camino de mis labores de archivo he dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre el peso de lo que se recuerda frente a lo que se fotografía. En cierta medida considero que fotografiar en exceso pervierte el recuerdo, y es que las buenas anécdotas y recuerdos se marinan con cada detalle que se pierde, cada palabra que se sustituye al recordarlas una y otra vez. Y todo ello pierde valor cuando uno vuelve a la foto y se da cuenta que aquella gorra que se hundió en el mar no era la misma de la que se hablaba.
De lo anterior hay mucho que aún no he reposado, ha sido una semana llena de dudas y excesivo deporte. He pasado mis tardes corriendo y entrenando, tratando de quitarme kilos de más y preocupaciones propias de quién sufre al ver sus proyectos pendientes acumular polvo en una libreta.
Después de una semana sin escribir recuerdos, puedo decir que tal vez, el recuerdo número mil doscientos doce sea el mejor recuerdo que he escrito, o al menos el que más cariño tengo. Mi vida en Estonia comienza a obligarme a pensar en nuevos retos, en parte por haber cerrado uno de los círculos más importantes de mi vida, pero también por ver cómo tengo tres manuscritos aún por publicar. Y no sé si esos retos pasan por hacer las maletas a otra capital europea o terminar de atar cabos en mi vida Báltica.
Sigo sin saber que será de mi archivo digital, de mis recuerdos o de mis manuscritos, pero por el camino de mis dudas, puedo decir que he vuelto a correr con la misma felicidad que aquellas madrugadas madrileñas, felicidad que no lograba encontrar en la costa de Estonia. Y supongo, que gran parte de las razones y dudas de esta semana vienen por haber revelado fotos de mi primer gran viaje con la isleña, un viaje que supuso, entre otras muchas cosas, el último ladrillo del hogar que estábamos construyendo.
Recuerdo #1113 / Domingo 1 de septiembre de 2024 (Tallin, Estonia)