El penúltimo recuerdo.

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Desde hace algo más de un mes guardo en borradores el que será mi penúltimo recuerdo. Más de treinta días en los que he tratado de hacer las paces con una de las decisiones más difíciles de mi vida reciente: pausar indefinidamente mi escritura en forma de recuerdo.

La verdad es que lo que comenzó como una ingenua voluntad de documentar lo vivido, se acabó convirtiendo en una exigencia que ha requerido sacrificio y esfuerzo. Escribir por escribir dejó paso al escribir por deber. Y el deber acabó derivando en sentimientos de culpabilidad con cada recuerdo perezoso.

En estos más de tres años he de reconocer que he escrito con más desgana que voluntad. Valga la paradoja, cuanto más tiempo libre he tenido más desgana he sentido al escribir. Hecho que puede comprobarse con cada recuerdo documentando mi llegada y asentamiento en Estonia.

Este indefinido adiós a los recuerdos parte de mi necesidad de perseguir nuevos proyectos y retomar los pausados. A día de hoy cuento con un relato en borradores, varios ensayos a medio escribir y una veintena de poesías algo más maduras que aquellas del año veintiuno. Y creo que los recuerdos se han convertido en un obstáculo para perseguir mis variadas inquietudes.

Los recuerdos, además de una obligación diaria, han supuesto una gran carga de trabajo detrás de la cara visible al lector. La gestión de la página web, el perfil de Instagram y el incesante anotar ideas en el día a día ha acabado consumiendo mis momentos de tranquilidad. En otras palabras, los recuerdos han dejado de ser una simpática tarea de mi día a día y se han convertido en mi única afición intelectual fuera del ajedrez, y no puedo seguir maltratando las ideas de mi escribir.

Por el camino de los recuerdos y la interminable lista de proyectos a medio empezar me he dado cuenta de la necesidad de volver a la simplicidad de mi escritura. Creo que la creación de contenido se ha vuelto una absurda necesidad que no debería ni ser considerada. Empecé a escribir como consecuencia de una obligación para con mi persona, y hoy tengo que dejar de escribir porque en estos tres años he acabado publicando para unos lectores que poco les importa lo que tenga que decir.

No sé a quién leí, o sí se trata de uno de mis razonamientos por desarrollar, que la libertad al escribir radica en no hacerlo para nadie. El lector es una consecuencia de lo escrito, nunca una causa, y siendo víctima del síndrome del escritor venido a más, debo poner por delante aquello que nunca debió dejar de importarme, escribir para mí.

Todo lo anterior es consecuencia de diversas fichas de dominó que han ido sucediéndose sin yo ser consciente. En diciembre del año pasado perdí mi manuscrito del segundo volumen de recuerdos, y desde entonces no he sido capaz de publicar el libro. Meses más tarde me vi obligado a migrar mis archivos, lo que se sumó al fin del tercer tomo de recuerdos y la necesidad de dejar de lado mi antiguo servicio web por una disputa por el precio de los servicios, cuyo coste se multiplicó por tres. Coste que no estaba dispuesto a asumir. En los últimos doce meses he pasado más tiempo gestionando mi archivo de más de cuatro mil documentos de lo que he pasado escribiendo, y lo considero absurdo.

El de hoy se convierte en mi penúltimo recuerdo. Algún día tendré valor para escribir el que pondrá fin a uno de los proyectos más duros y entretenidos de mi vida. Pero hasta entonces, no puedo más que entonar el hasta luego y volver a la simplicidad que nunca debí dejar de lado. Me toca agachar la cabeza y volver al humilde publicar a través de una nueva web cuyo fin no es otro más que documentar las ideas de un joven que tuvo que dejar de lado la obligación diaria a cambio de las ideas sin fecha límite.

Recuerdo #1136 / Martes 24 de septiembre de 2024 (Tallin, Estonia)