Veintidós días de descanso.

cptx /

Escribir se parece mucho a pasear por un fangal (“bog”) estonio. El caminante, al igual que el escritor, se deja llevar por los recovecos y sus sombras. Agradece cuando el sol sale de su escondite y decora junto a la brisa los alrededores enverdecidos.

Tanto la escritura como los fangales, sufren de la estacionalidad de la vida, y la calidad de la actividad depende en gran medida de la tranquilidad del día. Una tranquilidad que el escribir necesita para ser pleno, o al menos en mi caso.

En estos casi tres años de escritura constante he tratado de escribir sin importar la estación o la tranquilidad diaria. He escrito con desazón, pasión, felicidad e incluso tristeza. Más de mil recuerdos que cuentan la vida de un joven que hoy se sienta delante del teclado tratando de entender porqué lleva sin escribir veintidós días.

Vuelvo al primer recuerdo que escribí aquella tarde de agosto del veintiuno. Armado con un agua con gas y un café, delante de la catedral mallorquina, esperaba a mi amigo Juan. Trataba, sin éxito, de revivir mis primeros recuerdos fotográficos, recuerdos de los que comencé a perder el contexto.

*En esta mesa, aislada del ruido mallorquín y donde empezó la idea de esta cuenta me he propuesto dar contexto a unos recuerdos que cada día concreto menos. Son seiscientos ochenta recuerdos de los que casi un tercio me cuesta situar. Adiós fotografía vacía, hola pie de pagina con ínfulas de entrada de blog.*

Con un breve texto, comencé sin saberlo el que sería uno de los proyectos de mi vida, proyecto que ahora admito avergonzado no haber sido capaz de gestionar. En poco menos de un mes terminaré el tercer volumen, el segundo volumen sigue sin estar publicado y no sé si me sobra espíritu para volver a la rutina.

En estos últimos veintidós días he hecho de todo, mudanza, orden, pasar de ronda en la Copa de fútbol, nueva casa, y la visita de un mi gran amigo Gordo. Más de tres semanas de idas y venidas donde no me ha sobrado el tiempo.

Es aquí donde empieza el debate interno que llevo manteniendo en silencio desde hace varios días. ¿Realmente no he tenido tiempo o priorizado otras actividades? Y la verdad es que no lo sé.

Escribir a diario conlleva algo de disciplina y mucha pasión. La pasión puede sustituir a la disciplina, y en mi caso así ha sido en cientos de recuerdos. ¿Pero qué ocurre cuando sólo hay disciplina y no hay pasión? No lo sé.

Si tuviera que señalar en el calendario el antes y el después me atrevo a decir que fue cuando volví a la poesía. Ahora con cierta perspectiva reconozco haber disfrazado mi falta de pasión con ropajes de amor y nostalgia por los versos que solía escribir. Tal vez nadie se dé cuenta pensé, y me equivocaba.

No sé que será de mis recuerdos, no sé cual ha de ser el formato para mantener esta maravillosa costumbre de narrar mi vida para cuando me falle la memoria. Puede que la solución sea terminar esta primera trilogía de recuerdos y transformar el ejercicio diario en un cuidado y meticuloso ejercicio semanal, de las "Meditaciones" a las "Semanas en el Trópico".

No quiero perder mis recuerdos, mucho menos la costumbre de sentarme a ponderar mi día a día. Estas últimas semanas sin escribir me han empujado a volver a morderme las uñas, atracar la nevera e incluso dormir aún peor de lo que lo suelo hacer en el verano báltico.

Tengo más que claro que necesito escribir más de lo que la escritura me necesita a mí, pero todo tiene un coste, y estos últimos meses mi escribir se ha vuelto un molesto y pesado hacer por deber más que por placer.

Hoy escribo el recuerdo más peculiar de los mil anteriores. No sé si en unos meses este texto se consolidará como la revitalización de lo diario o si por el contrario será el germen de una nueva etapa de recuerdos. En cualquier caso lo único que puedo hacer es seguir sentándome delante del ordenador, al menos hasta que los dos volúmenes pendientes pasen por imprenta o hasta que mi querida isleña deje de disfrutar al leerme.

Recuerdo #1039 / Domingo 16 de junio de 2024 (Tallin, Estonia)