Reflexiones de escritura pausada.
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No recuerdo haber vivido una semana con tanta libertad literaria como la que hoy termina. Siete días de merecida tranquilidad que se deben en gran parte al hacer las paces con mi falta de motivación al escribir estos recuerdos. Una motivación que nunca fue necesaria para continuar escribiendo, pero que por diversas razones me sirve como concepto que agrupa las preocupaciones de mi entrada de blog anterior.
Este blog nació sin importar las intenciones del escritor, mucho menos sus sentimientos. Escribir era el fin último, sin importar los medios, y tres años después, toca darle una vuelta, porque por el camino, los medios comenzaron a ser relevantes.
En estos tres años de fidelidad diaria he escrito lo suficiente como para poder permitirme el lujo de la perspectiva. Como ya he dicho otras tantas veces, la realidad de un diario, o en este caso una colección de recuerdos, es que la gran mayoría de lo que se escribe no tiene valor literario, pero sí sentimental.
Escribir por escribir, como llevo haciendo toda mi vida, sirve más de justificación que de creación artística. Mis poemas nunca fueron ni serán piezas literarias y de mi prosa se salva algún texto cogido con pinzas. Mis recuerdos se encuentran a medio camino entre la voluntad y la obligación, y es ahora cuando se acerca el tercer aniversario cuando entiendo que me equivocaba.
Hace varios años, antes de mi huida a Tallin, discutía con una amiga a la que hace poco me encontré en Londres. Ella, que ha leído mucho más de lo que yo lo haré, me regañaba por mi poesía vaga y poco labrada. Yo le refutaba que el valor de la poesía primeriza radica en la espontaneidad, cualidad que he aplicado a mis recuerdos. Para ella, o al menos lo que recuerdo, la creación literaria no se materializaba de la nada. El autor debe querer llegar hasta a ella, y la espontaneidad no debe confundirse con la facilidad para escribir a buen ritmo.
Me acuerdo mucho de aquella discusión, en parte porque fue la primera vez que alguien fue capaz de justificar porque mis poemas y escritos no eran para tanto. Desde esa noche nadie me ha vuelto a regañar por usar estructuras sencillas o trampas literarias, razón por la que he tardado tanto en llegar a ese pensamiento por mi cuenta.
De los más de mil recuerdos que he escrito, pocos podrían considerarse cuidados. Jamás he vuelto a lo escrito. Nunca he sido de escritura pausada, y he de admitir que se nota. En una famosa entrevista Camilo José de Cela explicaba de muy buena manera que a él escribir le costaba mucho y que la extensión de su obra se debía en gran parte a sus ocho horas de trabajo diario. En mi caso, nunca he dedicado horas a la escritura, siempre he escrito lo primero que se me ocurría e incluso he llegado a presumir de la facilidad con la que escribo. Una realidad similar a una interacción entre dos personajes que no consigo recordar:
- "Pues a mi no me cuesta escribir novelas"
- "Tiene usted razón, se nota que no le cuesta escribirlas."
Todos estos años de escritura espontánea no han sido más que justificaciones vagas de mi pereza. Escribir es una afición que requiere paciencia y horas frente a la hoja en blanco. Y sin embargo yo he tratado a la escritura como una lotería en dónde cuantos más boletos se escriban mayor es la posibilidad de acertar con un texto de calidad.
Si soy sincero no sé muy bien como continuar con mi afición. En este último mes me he sentado delante del ordenador en dos ocasiones, ambas para la redacción de dos recuerdos que agrupan varias semanas de vivencias. Me pregunto si los textos reposados tienen mayor valor que el recuerdo diario, y para mi desgracia no logro hallar respuesta.
Mi esfuerzo de recuerdos diarios comenzó para evitar perder detalles de mis días. Pero por el camino he aprendido que no todo ha de ser recordado y que hay cierta belleza en las lagunas del tiempo. Si me acordase de aquella conversación con mi amiga probablemente este texto se habría acabado hace varios párrafos, y son precisamente esos detalles olvidados los que me hacen seguir recordando aquella cena. Tal vez haya cierta magia en los recuerdos semanales frente a los diarios. Tal vez ese sea el camino a seguir una vez finalice este tercer año de recuerdos.
Mi querida novia me regaña a menudo por la excesiva autoexigencia que muestro en mi día a día. Probablemente cuanto publique este texto reciba alguno de sus cariñosos monólogos sobre el valor de lo que hago. A lo que yo le responderé que es precisamente ese rechazo por lo propio el que me hace probar medios de escritura nuevos. Estos recuerdos jamás habrían comenzado si no hubiera sentido rechazo por olvidarme del contexto de mis fotos. Al igual que aquel rechazo original hoy me siento avergonzado por estos tres años de recuerdos. Más de mil escritos perezosos y poco cuidados. Más de mil escritos cuyo valor se resumirá en haber sido el prólogo de lo que vendrá.
Después de esta semana y con la certeza de haber reposado mi escritura creo que ha llegado la hora de pasar página. A mediados de agosto, con motivo del tercer aniversario de este blog dejaré de lado los recuerdos diarios y me centraré en perseguir la prosa que siempre creí haber dominado. Pero para ello tengo que editar y publicar los dos libros que tengo en borradores, y puede que así, por fin pueda sentir cierto orgullo por haber pasado tres años de mi vida escribiendo sobre mi día a día.
Recuerdo #1061 / Lunes 8 de julio de 2024 (Tallin, Estonia)