La España feliz a través de la ventana.

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Nunca he sido muy amigo de la prosa política, más allá de alguna queja puntual, me he limitado a mostrar lo que en el momento observaba acorde a la que me rodeaba. No me importan las etiquetas, mucho menos los personajes detrás de ellas. Soy un animal de contradicciones sin ideología. Considero que la caza es necesaria, que los toros han de ser respetados y sin embargo soy fiel defensor del bienestar animal. Aborrezco las consecuencias de las drogas y sin embargo defiendo la despenalización de todas ellas. No me logro encuadrar en ningún lado del espectro, tampoco quiero, pero sin embargo me veo atraído por los fenómenos patrios.

Desde la distancia he aprendido a apreciar el costumbrismo y la idiosincracia de mi tierra. A miles de kilómetros uno logra hasta disfrutar de la belleza de la "charocracia" y el "cuñadismo" hispánico, cualidades tan propias como la picaresca, la nobleza y la fraternidad. Cualidades que si se dan en un entorno de ilusión y prosperidad derivan en lo que denominamos la España Feliz.

Hace no mucho, aún en etapa pandémica, se vivió un breve periodo que prometía ser el inicio de los felices años veinte de nuestro siglo. El sol primaveral trajo a Madrid los primeros paseos al aire libre, y con el polen, las hormonas juveniles se desfogaban tras su cautiverio. Guardo aquellos dos años, hasta poco antes de hacer las maletas, con inmenso cariño. Dos primaveras y dos veranos que nos dejaron saborear lo que era esa España de la que nuestros padres nos hablan con orgullo y nostalgia.

De aquellos dos años he borrado muchos de los detalles políticos que lograron que muchos jóvenes, incluido yo, comenzaran a cuestionar en público las flaquezas de nuestra democracia. Una parte de nuestros políticos iletrados (que no ilustres) pasaron meses denominando fascista a todo aquel que defendiese las terrazas de los comercios, y sus homólogos del otro lado de la cámara, tildando de comunistas a los contrarios. Tal vez esos años fueran los más dañinos para la casta política, y no tanto por la ausencia de obras y palabras, si no por el exceso de ellas.

Ahora en la distancia y con la perspectiva que da el tiempo, comienzo a pensar que España dejó escapar en aquellos felices años veinte la oportunidad de volver a la senda de la felicidad. Una oportunidad única y que consideraba irrepetible hasta esta semana.

España es una nación que se debe a lo heroico. El devenir de la patria y el progreso necesita gestas como la de nuestra Selección. Heroicidades que casi siempre se originan en el ámbito del deporte. Momentos estelares de la hispanidad que logran producir breves y frágiles sentimientos de felicidad y prosperidad, que de ser aprovechados, transforman al país.

Creo firmemente que el progreso del pueblo español se produce sin importar la forma o influencia del Estado y sus derivados. El pueblo español es más complejo que una mera masa social. Pocos países han sido capaces de prosperar en momentos tan dispares de su historia sin importar quién estuviera al frente. El pueblo español ha sufrido monarquías absolutas, regencias, turnismos, repúblicas, dictaduras, dictablandas y democracias, y sin embargo nada ha igualado la prosperidad que trae un pueblo ilusionado.

Con la victoria de la Selección uno comienza a pensar que la España feliz ha vuelto, y el sentimiento patrio cabalga cual potra salvaje por las calles de los bares a los que cantaban Estopa y Melendi. A través de la ventana (de Overton) la juventud vacila con defender la ilusión de la España Feliz, y yo en la distancia leo sobrecogido sobre los héroes que pasean la rojigualda en lugares donde hasta hace no mucho se veían insignias con serpientes y anagramas.

No sé que será de este pequeño momento de felicidad y prosperidad que ha traído la victoria en la Eurocopa. No sé si mis observaciones son certeras, mucho menos si no soy más que un pobre romántico y ciego creyente en la grandeza patria. Lo único que sé, es que por primera vez desde que comencé a dudar del devenir del pueblo español, siento un orgullo que va más allá de las ideologías, y confío, que de la mano del desapego político y el orgullo costumbrista, el pueblo español logre entender que los nombres de nuestros presentes y futuros representantes políticos serán, al igual que los pasados, puntos y comas en las gestas que están por escribir.

Recuerdo #1068 / Lunes 15 de julio de 2024 (Tallin, Estonia)