Dos isleñas en la isla.
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I uLas cenas suelen ser buenas excusas para discutir en un contexto distendido y amigable. Los españoles en eso somos muy listos, aprovechamos el placer de la comida para defender o atacar cualquier postura. Todo es más sencillo si entre ideas se intercalan anchoas, pimientos de padrón y alguna croqueta.
Nuestras costumbres culinarias y discursivas tienen una base en común que se decora con algún regionalismo que ahora no viene al cuento. Es precisamente esa base la que hoy me hace escribir el primer recuerdo del cuarto volumen. Y no podía hacerlo con mejor compañía, dos isleñas a las que quiero mucho.
Desde el verano del noventa y ocho me han peregrinado y he peregrinado a Flanigan para disfrutar de buena comida y mejor servicio. Uno de esos recovecos de la gastronomía española con platos poco elaborados y buena materia prima. Y es que como ya he escrito alguna vez, la alta cocina en su exceso de elaboración distrae al comensal de lo más importante de una mesa, una buena conversación.
Las dos isleñas con las que he compartido mesa me han convencido de que Saaremaa y Mallorca no son tan diferentes, y que en lo mallorquín hay algo de estonio. Hemos discutido sobre antropología, biología, ética e incluso sobre mis comportamientos con cada una de ellas, aunque he de admitir que el que escribe esto ha escuchado más que conversado, porque tanto una como otra saben más que yo de muchos temas.
Como decía al principio, todo es más sencillo con una buena comida de por medio, porque hoy tanto Mer como Blanca, en parte porque nos queremos, me han sabido cantar las cuarenta, y no podía ser mejor manera de empezar este volumen de recuerdos, con una humilde y cariñosa aceptación de que las dos isleñas tienen razón.
Recuerdo #1096 / Jueves 15 de agosto de 2024 (Mallorca, España)