La brisa en el jardín.

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En los veranos mallorquines no todas las brisas son iguales. Al igual que las mil Mallorcas de las que se habla a mí me gusta matizar que hay otras mil brisas por cada Mallorca descubierta, y una de ellas, es la del jardín de mis padres.

Las brisas del atardecer en Son Verí Nou son generosas y frescas, al contrario de las que uno puede encontrar en Palma que suelen ser algo secas y desagradables. Ese contraste entre puntos cercanos de la bahía es curiosamente lo que permite diferenciar al turista del conocedor isleño, ya sea "foraster" o mallorquín. Mientras que los segundos pasan el día en la playa y acuden a Palma al finalizar su jornada de arena, los primeros hacen todo lo contrario.

Mis padres, que con muy buen ojo y mucha paciencia, llenaron el jardín de arbustos, árboles y flores, lograron por suerte o por acierto, aprovechar al máximo la brisa del atardecer. El estrecho pasillo del jardín, custodiado por una isla de varias especies del reino vegetal se corona con un maravilloso olivo, logrando convertirse en un túnel de viento aromático con toques de rosa, adelfa y naranja.

Mientras escribo este recuerdo de un día sin trascendencia, aprovecho los últimos capotes de una brisa que echaré de menos cuando vuelva al Báltico, para dedicar el recuerdo a las tardes de verano en el jardín de mis padres. Porque hay veces, que lo imperceptible y común, merece varios párrafos.

Recuerdo #1097 / Viernes 16 de agosto de 2024 (Mallorca, España)